acercamiento a las antiguas hablas
isleñas
por
ignacio reyes garcía
sobre el origen del nombre canaria
Muy probablemente,
uno de los aspectos más controvertidos de la cultura canaria es el que se
refiere a las antiguas hablas prehispánicas. Actitudes poco responsables y aún
menos científicas, movidas con frecuencia por prejuicios o intereses
ideológicos y políticos, han distorsionado la imagen de una pieza importante en
la comprensión de la identidad y el pasado insulares.
En general, el conocimiento que posee la
ciudadanía acerca de estas manifestaciones lingüísticas no supera algunos
lugares comunes, la mayor parte de las veces fundados en una tradición cultural
y científica más especulativa que positiva.
En esta recopilación de artículos se aborda
una panorámica sucinta relacionada con algunos de los temas más confusos. Su
objetivo consiste solamente en difundir una información fiable y contrastada a
propósito de aquella realidad lingüística. Pero las investigaciones se hallan
todavía en un estado de desarrollo insuficiente, por lo que muchas preguntas
carecen de respuestas seguras.
Por supuesto, en el tejido cultural de los
pueblos conviven siempre tradiciones reales y mistificadas, pero cualquier
sociedad que quiera cultivar su personalidad histórica debería ser capaz de
promover mejores espacios y recursos para poder elegir, con conocimiento de
causa, sus verdaderos argumentos.
A a [a] central no-redondeada abierta (como en esp. padre)
I i [i] anterior no-redondeada cerrada (como en
esp. bicho)
U u [u] posterior redondeada cerrada (como en esp. puro)
Ë « [«] central no-redondeada cerrada (como en
fr. le)
E e [e] anterior no-redondeada semiabierta (como en
esp. pecho)
Ä ä [E] anterior
no-redondeada abierta (como en fr. père
o esp. perro)
O o [o] posterior redondeada semicerrada (como en
esp. boda)
B b [b] bilabial oclusiva sonora (como en esp. barco)
à
ç [tS] palatal africada sorda (como en esp. chico)
D
d [d] ápico-dental
oclusiva sonora (como en esp. tienda)
D d [ð] ápico-dental
espirada sonora (como en ing. this o
en esp. adivinar)
V v [d] faringalizada sonora (como en ár. qárivun)
F
f [f] labiodental
fricativa sorda (como en esp. feo)
G
g [g] velar
oclusiva sonora (como en esp. gato)
O o [dZ] palatal africada sonora (como en esp. cónyuge o en it. frangia)
£ $ [Ò] uvular
fricativa sonora (como en ár. gáfa o
en fr. parler)
H h [ú] laringal fricativa sonora (como en ing. house)
Ë ê [ð] faringal fricativa
sorda (como en ár. waqáêatun)
J j [Z] postalveolar fricativa sonora (como en fr. je)
j@ [Z] faringalizada sonora
K
k [k] velar
oclusiva sorda (como en esp. casa)
L
l [l] alveolar
lateral sonora (como en esp. lodo)
M
m [m] bilabial
nasal sonora (como en esp. lima)
N
n [n] alveolar
nasal sonora (como en esp. noche)
n* [N] velar nasal sonora (como en esp. tango o en ing. meeting)
Ñ
ñ [ø] palatal nasal sonora (predorsal) (como en
esp. año)
Q
q [q] uvular
oclusiva sorda (como en esp. cuna)
R r [r] alveolar vibrante sonora (como en esp. caro)
Ö ô [r] alveolar vibrante
faringalizada sonora (como en fr. ronger)
S s [s] alveolar fricativa sorda (como en esp. paso o en fr. ce)
Ü û [s] faringalizada sorda
(como en ár. ûáfin)
Š
š [S] postalveolar fricativa sorda (como en fr. chat o en ing, ship)
T
t [t] ápico-dental
oclusiva sorda (como en esp. tomar)
T t [θ] ápico-dental
espirada sorda (como en ing. thing o
en esp. hacer)
Ï î [t] faringalizada sorda (como en ár. îáfa)
P p [ts] alveolar africada sorda (como en al. kratzen o it. scherzo)
W
w [w] velar semiconsonante
sonora (como en esp. hueso)
X
x [X] uvular
fricativa sorda (como en esp. lejos)
Y
y [j] palatal
semiconsonante sonora (como en esp. mayo)
Z
z [z] alveolar
fricativa sonora (como en fr. maison
o en esp. rasgar)
è
é [z] faringalizada sonora (como en esp. desde)
Ä ä [dz] alveolar africada sonora (muy rara) (como en it. scorza)
i
E [Ö] faringal fricativa sonora (como en ár. ‘abada)
Una gran parte de los estudios que exploran
las antiguas hablas insulares apenas cuestionan sus prejuicios. Acaso por esa
capacidad que poseen las lenguas para configurar una identidad cultural
diferenciada, estas indagaciones aparecen con frecuencia teñidas de recelos e
integrismos. Ni la vieja tradición eurocéntrica ni la moderna militancia
etnicista, expresiones opuestas de una similar mecánica difusionista, han
llegado a concertar plenamente sus análisis con la realidad histórica.
Por supuesto, el problema del origen de la población prehispánica
obliga a mirar hacia el exterior. Salvo la lava de los volcanes, poco más debe
haber en el Archipiélago que sea verdaderamente autóctono. Pero hasta la
materia inorgánica sufre transformaciones, incluso en el improbable caso de no
verse afectada por cambios de ubicación.
Hasta ahora, evidencias arqueológicas, etnohistóricas y
lingüísticas sitúan la procedencia de los grupos insulares contemporáneos de la
Conquista en la densa comunidad amazighe
(o bereber). Y aunque su arribo a las costas canarias parece haber tenido lugar
en momentos diferentes y por agrupamientos o tribus diversas de esta antigua
etnia norteafricana, se tiene por costumbre ofrecer una representación
homogénea e intemporal de las sociedades prehispánicas. Tempranas relaciones
con el mundo fenicio y romano, acaso cristalizadas en algún tipo de
asentamiento, o contactos más tardíos con navegantes y sacerdotes
mediterráneos, necesariamente han debido dejar su impronta en las ideas, los
comportamientos, los modos de vida locales e, incluso, en la composición de la
población.
Alrededor de dos mil años de historia insular más o menos
acreditada, desde una primera ocupación en torno al 800 o 500 a.n.e. hasta la
llegada regular de europeos a partir del siglo XIV, se nos presentan
uniformizados y estables, muy en consonancia, por cierto, con la imagen más
recurrente de la cultura amazighe.
Aunque sólo sea por la adaptación al nuevo medio natural y el
aislamiento que impone la insularidad, las poblaciones continentales instaladas
en el Archipiélago debieron producir estrategias propias de subsistencia,
formas específicas de cultura. Pero como otra de las tantas formulaciones que
integran el abigarrado mosaico amazighe,
condicionado por cadenas montañosas o vastísimas extensiones áridas,
multideterminado por abundantes y antiguas influencias de otros pueblos,
habitado por comunidades nómadas y sedentarias, donde se rememora el pasado o
se cantan los sueños en los numerosos dialectos de una lengua cultivada básicamente
en la tradición oral.
Conforme retrocedemos en el tiempo, los resultados de la
investigación científica se vuelen controvertidos e inseguros. Las fuentes,
tanto monumentales como documentales, escasean o padecen contaminaciones
prolongadas y diversas, los métodos pierden precisión y hasta las teorías menos
audaces colonizan el vestigio más indómito. Pero focalizar la observación e
interpretación del pasado a través de un recurso metodológico, por muy
mensurable que aparezca el objeto de estudio, provoca riesgos de distorsión que
es preciso enjugar con un cuidadoso trabajo interdisciplinar.
En los últimos meses, hemos conocido las conclusiones
historiográficas obtenidas mediante la introducción de técnicas genéticas en el
estudio de la antigua población insular, proyectado también sobre sus
manifestaciones lingüísticas. Nos referimos al libro de Antonio Arnáiz Villena
y Jorge Alonso García, Egipcios,
bereberes, guanches y vascos, publicado recientemente (2000) en Madrid por
la Editorial Complutense.
A partir de ciertos análisis genéticos, cuyas muestras y
resultados concretos figuran en otros trabajos, se ofrece al lector una
completa genealogía poblacional y lingüística del Archipiélago. Sobre la base
de la diversidad antropológica insular y una peculiar lectura de algunos de sus
rasgos culturales, se propone un proceso colonizador más complejo y antiguo que
el aceptado en la actualidad. No obstante, admiten la probada naturaleza amazighe de buena parte de la población
antigua y actual, aunque le adjudican un carácter tardío a este poblamiento.
Inspirado en las mismas teorías biológicas, nos brindan un
arbóreo estudio de "lingüística experimental". En él, vinculan las
manifestaciones continentales e insulares de la lengua amazighe con lo que denominan área usko-mediterránea, integrada,
además, por el vasco, el ibérico-tartésico, etrusco, minoico (lineal A),
púnico-cartaginés, hitita, egipcio, eblaico, ugarítico, sumerio y elamita.
Este modelo de análisis genealógico, que la lingüística histórica
y comparativa moviliza a menudo sobre rigurosos procedimientos etimológicos,
pretende establecer parentescos idiomáticos a partir de presuntas similitudes
léxicas y gramaticales, concibiendo este equipaje lingüístico como una armadura
fundacional y permanente. Las limitaciones, deficiencias o disfunciones
teóricas y metodológicas que arrastra este enfoque son evidentes y muy serias.
Rara vez su noción de parentesco, por ejemplo, escruta adecuadamente los casos
de promiscuidad o vecindad geográfica entre lenguas que carecen de relaciones
genéticas, o las manifestaciones de parentesco cultural (por lo general, mejor
explicadas como fenómenos de convergencia o afinidad lingüística).
La inclusión de las antiguas hablas insulares en ese ámbito
usko-mediterráneo descansaría sobre una supuesta identidad vasco-amazighe, remitida a una nómina de
concordancias léxicas y morfológicas nada categórica. Todas las voces isleñas
procedentes de la documentación etnohistórica, por ejemplo, se citan a través
de las ediciones de estas fuentes o, lo que es aún peor, a partir de
recopilaciones bibliográficas no siempre muy escrupulosas, con la notable
excepción de la obra de D. J. Wölfel (1965), y varios estudios
pseudofilológicos sin ningún valor analítico.
El glosario comparativo que exponen, huérfano de los más
elementales controles y requerimientos metodológicos, recolecta semejanzas
formales sin la menor profundidad histórica, amparado en una deriva fonética y
semántica tan insoslayable como desprovista de pautas diacrónicas e interdialectales.
Tal inconsistencia científica no ayuda precisamente a sondear las probables
relaciones que, desde el más lejano pasado, han debido entablar los dos
territorios continentales que atraviesa el estrecho de Gibraltar, sin duda ya
antiguas cuando se produce la colonización amazighe
del Archipiélago.
En todo caso, teniendo en cuenta el complejo y diverso conjunto
de variables que define la naturaleza y el desarrollo histórico de las
distintas formaciones sociales, no parece muy razonable reducir o confundir las
realidades lingüísticas y culturales con soportes genéticos exclusivos.
Por lo menos, de confirmarse los resultados biológicos que aporta
este estudio, en relación con la pervivencia de elementos genéticos de
naturaleza amazighe en una parte de
la población isleña actual, habría ya suficientes pruebas antropológicas,
históricas y lingüísticas para dejar de referirse a los antiguos insulares como
aborígenes. Al margen de la carga
peyorativa que suele aparecer asociada al uso de este concepto, lo importante
es que resulta simplemente inadecuado. Ni se trata de pobladores originarios
del Archipiélago, pues queda atestiguada su procedencia norteafricana, ni se
contraponen completamente a los habitantes posteriores.
Con independencia de los juicios que nos merezca la historia, la
evolución de las sociedades humanas, como la de cualquier otra manifestación de
la naturaleza, existe siempre en la diversidad y a partir de relaciones
dialécticas entre los rasgos constitutivos de su propia identidad y con las
variables de su entorno. Y en eso, en la construcción de la personalidad humana
y de la cultura, el peso de los genes sólo parece determinante si media alguna
patología física o ideológica.
[Publicado en el
periódico La Gaceta de Canarias, 27 y
28 de abril de 2001].
La naturaleza amazighe (o bereber) de las antiguas hablas isleñas aparece hoy
como su rasgo más incontrovertible. Pero casi podríamos decir que ahí terminan
todas las certidumbres. No obstante, las investigaciones lingüísticas movilizan
ya un conjunto de hipótesis que empieza a adquirir una consistencia apreciable,
a pesar de la precariedad que todavía arrastran esos estudios científicos.
Desde hace tres mil años, las comunidades amazighes, extendidas por una gran parte de la mitad septentrional
del continente africano, han confiado la transmisión de su lengua y su cultura
a una comunicación esencialmente oral. Las manifestaciones escriturarias,
empleadas desde tiempos muy antiguos como recurso simbólico y en ámbitos
funerarios o lúdicos, no han llegado a constituir una verdadera tradición
literaria. Muchas inscripciones líbicas, antecedente inmediato de la lengua amazighe, siguen sin ser descifradas.
Otro tanto ocurre con los registros confeccionados en el
Archipiélago, pese al encomiable esfuerzo practicado, entre otros, por los
doctores Juan Álvarez Delgado (1964) o Renata Springer Bunk (1994). Los
grabados líbico-insulares, aquellos que aún sobreviven a la ignorancia o la
depredación, carecen en su mayoría de dataciones positivas o lecturas
lingüísticas suficientemente precisas.
Las fuentes etnohistóricas y oficiales que produjo la
colonización europea proporcionan, de momento, una información muy provechosa. Bien
es verdad que abundan más las copias, a veces de segunda o tercera mano, que
los manuscritos originales. Un aspecto que condiciona seriamente la
investigación, ya que en la grafía de esos textos podemos obtener la
pronunciación aproximada de aquellas voces insulares.
Afortunadamente, la lengua matriz alienta todavía en sus
numerosas formulaciones continentales, lo que facilita el establecimiento de
ciertos análisis comparativos. Por supuesto, el tiempo ha introducido cambios
en los significados, en la dicción o en la construcción de frases y palabras,
igual que ha sucedido con las lenguas europeas que transmiten los materiales
isleños. El problema ocupa un perfil relevante en la investigación, más aún si
tenemos en cuenta que la lengua amazighe
se caracteriza por una amplia dispersión dialectal.
Observar la historicidad de los datos, la ubicación espacial y
temporal de los ingredientes que dan forma a nuestro conocimiento del pasado,
resulta tan importante como entender las relaciones que cruzan entre sí,
peculiares y dialécticas. Sólo esa perspectiva integradora nos puede descubrir
las identidades del grupo, las bases de su desenvolvimiento y el acervo que ha
impreso en nuestra cultura. Pero, con demasiada frecuencia, se nos brindan
simples generalizaciones.
Confinada en un discutible concepto de Prehistoria, la
representación al uso de las antiguas sociedades isleñas apenas penetra en su
realidad y en sus capacidades. Proyectar hacia el pasado la vigencia de
hallazgos puntuales o de noticias adquiridas durante la colonización, ha
servido para popularizar una imagen estática y uniforme del viejo mundo
insular, estimulado por el arribo presuntamente dinamizador de alguna
influencia externa.
Al margen de las implicaciones ideológicas que traslada este discurso,
legítimas pero en absoluto inocentes o casuales,
interesa destacar que la existencia histórica de las comunidades humanas se
arma a través de múltiples determinaciones y contradicciones. Cualquier
expresión de la naturaleza, y esto somos, vive en el vacilante designio de una
diversidad amenazada.
Por eso, los términos unidad y variedad no cristalizan aspectos
antagónicos en la definición del amazighe
insular, en tanto que aludimos a su entidad idiomática y a sus formas de
realización, respectivamente.
El antiguo sistema de comunicación utilizado en las Islas,
globalmente considerado, no constituye una lengua independiente o, siquiera, un
dialecto común. En el Archipiélago, concurre un proceso de doble
dialectización. De una parte, el que introduce la composición étnica del
poblamiento, tribal y temporalmente matizado. Y, de otro lado, el que proviene
de la constitución insular del territorio y de las culturas que emergen en él.
La convergencia de ambas variables generó modalidades de habla
particulares. En cada isla, dos o más dialectos continentales, no siempre los
mismos, convivieron de forma más o menos integrada, sin conexión con su núcleo
de procedencia o con el producto lingüístico que surgía en la isla vecina. Una
circunstancia que explica tanto las especificidades como las coincidencias
interinsulares. Esto sitúa el estudio del contenido y los márgenes que ocupó la
intercomprensión entre aquellas hablas, una preocupación tan antigua como las
fuentes documentales, en un diálogo necesario entre la Lingüística, la Historia
y la Etnología.
He aquí el diseño que, por ahora, alcanza a esbozar en líneas
generales la investigación científica. Tal vez impugna algunos de los lugares
comunes que son ampliamente aceptados, pero no se trata de un cuerpo de
doctrina (por mucho que ciertas banderías postulen lo contrario). Habrá quien
quiera torcer los hechos hasta inventarse una lengua, igual que instituciones
(académicas) que exploran el pasado de una sociedad sin considerar el papel del
lenguaje. Pero, como recuerda un aforismo cabilio, «quien arranca una rama,
arrancará también su follaje».
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
27 de mayo de 2001].
Todos los pueblos construyen su identidad a
través de la memoria. Las formas históricas del pasado atraviesan el tiempo y
perduran no sólo en los objetos y en las fechas, también se instalan en las
ideas y en los actos. Pero crecen o callan según las cambiantes necesidades e
intereses de los nuevos protagonistas, porque son las contradicciones sociales
de cada época las que determinan los usos de la historia.
Que, en
nuestros días, la noción de patrimonio histórico y cultural quede circunscrita
a una colección de bienes inventariables, mejor o peor dispuestos para su
explotación turística, acaso pueda pasar como una hábil estrategia mercantil en
una sociedad extravertida. Pero resignar, por ejemplo, la valiosa creación de
conocimientos y recursos productivos que han acumulado los campesinos isleños, aplicados
durante años a una sensata gestión ambiental que desaparece, denuncia la
debilidad estructural de un modelo social que, hoy como ayer, apareja
postulados conservacionistas sólo al servicio de un perfil más especulativo.
Algo similar
sucede con ese ingrediente del patrimonio que pertenece a la herencia
prehispánica, con demasiada frecuencia asaltada por los designios económicos o
políticos de ciertos grupos y, casi siempre, olvidada por las instituciones que
deben velar por su preservación, estudio e integración en la sociedad.
Quizá, el
mayor desamparo afecta al acervo lingüístico que tiene su origen en las
antiguas hablas amazighes (o
bereberes) del Archipiélago. Los testimonios directos que aún subsisten,
inscripciones grabadas sobre piedra, madera o cuero, gozan de alguna
protección, pero poco o nada se ha estimulado su cuidado y su análisis
científico. Como tampoco se atienden adecuadamente las fuentes etnohistóricas y
oficiales que produjo la colonización europea, casi tan importantes para conocer
aquel sistema de comunicación como para entender la formación y el
desenvolvimiento del español hablado en Canarias.
Porque
también las lenguas mudan la piel con alguna frecuencia. Aunque pocas veces
obedece a un proceso consciente, casi nunca se trata de una operación casual o
aséptica. Como no lo fue la extensión ibérica del castellano o la expansión
atlántica del español, que absorbió elementos vascos o portugueses, árabes o amazighes, quechuas o aztecas, y aprestó
el definitivo eslabón de un acontecimiento más vasto: la constitución estatal y
clasista de algunas nacientes burguesías europeas.
La deriva
semántica de las palabras, que recorre las lenguas y a menudo viaja con las
razones del hablante, ilumina algunos trazos significativos de esos itinerarios
que se imbrican y que aceptamos sin detenernos a pensar en ellos.
En la antigua
Mesopotamia, por ejemplo, mediado el tercer milenio antes de nuestra era, los
acadios utilizaban la voz mushkenu
para designar a los 'campesinos pobres'. El concepto llegó a otra lengua
semítica, el árabe, bajo la forma miskínun,
ahora atribuido a cualquier 'pobre o indigente'. De aquí, entró en el español
como mezquino, donde añadió al valor
de 'pobre' la condición de 'avaro' y 'pequeño o diminuto'.
Ese trayecto
se parece bastante al que ha padecido el insulismo mago, adoptado en español como sinónimo de 'campesino' y, menos
piadosamente, de 'bruto'. Pero la torsión semántica se dilata si observamos su
origen.
La etimología
primaria del término remite a la idea de 'iluminar, encender(se),
alumbrar o prender (fuego, luz)', circunstancia que desencadena la 'aparición'
de todo aquello que, de otro modo, se mantendría oculto. Por eso, en algunas
hablas insulares es posible encontrar referencias al 'Sol', caso de mag, magegh,
maggWt o maggWid, cuya morfología expresa su participación en este
concepto. Pero el campo semántico no se agota aquí.
Además, para
designar a los 'fantasmas' o 'aparecidos' se recurrió a una voz del mismo
ámbito: maghu, esto es, los maxios o majos que conocemos por la transmisión etnohistórica, alguna vez
llamados también magos. Pero no
estamos ante un error o una simple coincidencia gráfica. En la antigua cultura amazighe del Archipiélago, un 'aparecido
o encantado' actúa como un 'espíritu', es decir, como un ser inmaterial que
contiene tanto un alma sutil como vegetativa, conceptualmente separadas en los
dialectos continentales (y tal vez en Canarias, aunque carecemos de restos
léxicos al respecto).
Por tanto, la
expresión mago, o su variante maghu, denotan la condición substantiva
de un 'individuo, ente o ser humano' hecho de idéntica luz que el Sol. Una
noción que sólo de manera muy laxa se podría traducir en español como
'persona', siempre que olvidemos la 'máscara de actor' que recibió este nombre
en latín.
[Publicado en el periódico El Día, 29 de mayo de 2001].
Algunos insulismos amazighes han sobrevivido en el español de Canarias como piezas
ornamentales o simbólicas. Marcas comerciales o agrupaciones sociales de
diversa índole remiten sus denominaciones a ese ámbito. Pero sólo por
casualidad se conservan la forma o el significado originales de los términos,
ya que han sido incorporados al habla cotidiana a través de los preceptos gramaticales
que rigen en la lengua española.
Desde esta
nueva perspectiva cultural, interesan habitualmente por la coloración
diacrítica que aportan a la comunicación. En general, atrae de ellos su carga
de vindicación ideológica o, a veces, simplemente su exotismo. Sin embargo,
esto les ha devuelto una existencia dinámica, en ocasiones bajo un género o un
uso social distinto, pero lejos de la obscura condición de fósil lingüístico
que alienta sólo débilmente en la memoria oral o escrita de aquel pasado.
Con todo,
extraña un poco que las instituciones académicas hayan desatendido su estudio
científico, abandonando este territorio del conocimiento y de la cultura a la
acción implacable de diversos agentes erosivos. Conocer la verdadera naturaleza
de esos materiales, como ocurre con otros testimonios arqueológicos, ayudaría a
componer una historia de Canarias más nítida y mejor integrada en la
vertebración necesaria de nuestras sociedades.
Para ilustrar
algunas de estas consideraciones, veamos el ejemplo que aportan un par de voces
isleñas utilizadas antiguamente como fórmulas de salutación, a menudo
rescatadas hoy con otras connotaciones y sometidas a explicaciones poco
rigurosas.
Nos
referimos, por supuesto, a las únicas expresiones que gozan de un soporte,
cuando menos, historiográfico. Se trata del registro que cosecha en Gran
Canaria el médico teldense Marín de Cubas (1643-1704), vertido en la obra que
titula: Historia De las Siete Yslas de
Canaria Origen Descubrimiento y conquista. Dicho informe apunta lo
siguiente: «[...] entrando en las Casas ô Cuebas
saludan diciendo Tamaragua, y respondia Sansofi, que significa aqui biene el huesped, pues sea bien venido» (Marín
1694: 78).
Ahora bien,
por el momento, ninguna fuente antigua, directa (epigráfica) o indirecta
(etnohistórica), avala esta tardía reseña de un historiador generalmente bien
informado. En principio, no conocemos objeción contextual o histórica alguna
que reste credibilidad a la noticia que difunde. Por el contrario, el estudio
lingüístico de esos vocablos sólo tropieza con una pequeña duda ortográfica,
pero que obliga a considerar sus implicaciones fonéticas.
Efectivamente,
Marín comete lo que aparenta ser un mínimo error en la notación de la
consonante inicial del enunciado tamaragua,
cuya forma correcta es da maragW
('aquí (está) o he aquí el huésped'). Antes que una variante de pronunciación
en esa dental inicial, la presencia del fonema sordo /t/ revela un mero defecto
de audición o de transmisión textual. No obstante, se podría pensar en una
ejecución fricativa o espirada (/d/ →
/D/), como sucede por ejemplo en rifeño, en
cabilio o en algunos registros localizados en Tenerife, pero este alófono
carece por completo de antecedentes fiables en el habla grancanaria. ¿Significa
esto que Marín equivoca la procedencia insular de la comunicación que nos
traslada?
En absoluto.
Entre las razones que se pueden aducir al respecto, la más sólida nos remite a
una de las famosas endechas isleñas que transcribió el ingeniero italiano
Leonardo Torriani (ca. 1560-1628). En el capítulo LIX de su Descrittione et historia del regno de
l'isole Canarie gia dette le fortunate con il parere delle loro fortificationi,
reproduce el segundo término de esta expresión, maragà, precisamente en la composición que adjudica a la isla de
Gran Canaria (Torriani 1590: 82).
Además, el
correlato continental de este vocablo, vinculado al verbo harag o irag ('ser vecino
de'), encuentra plena vigencia en los dialectos meridionales (tuaregs) que mejor explican los
testimonios lingüísticos de esta isla, incluida la otra voz que contiene el
relato de Marín. Ese concepto, el compuesto sansofi,
traslada exactamente la contestación convencional que pronuncia el anfitrión: ssan-sufi ('para el que sea lo mejor').
Desde luego,
las afinidades etimológicas no se corresponden necesariamente con las
lingüísticas. Salvo en casos como éste, donde suministran resultados que
inciden en el mismo ámbito de referencia, aportando incluso algún matiz
semántico diferencial pero perfectamente concurrente.
Por
descontado, nada debe impedir que este par de voces sean asimiladas en la
actualidad de la manera que quieran los hablantes, pero también merecen la
oportunidad de poder elegir una opción congruente con la historia.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
13 de mayo de 2001].
Han transcurrido casi dos mil años desde que
Cayo Plinio Secundo (23-79), llamado el Viejo, escribiera su imponente Historia Natural. La obra, compuesta por
treinta y siete libros en los que aborda, por ejemplo, cuestiones de zoología,
botánica, medicina o bellas artes, recoge también entre sus descripciones
geográficas algunas noticias acerca de ciertas islas atlánticas. A una de ellas
le asigna el nombre de Canaria, según
el informe que vertiera una expedición enviada a la zona por Juba II, el
erudito rey de Mauritania que vivió en el siglo primero antes de nuestra era.
La verdadera
etimología del término Canaria todavía
se desconoce. Cierto que el insigne escritor y político latino relaciona esta
denominación insular con la presencia de "gran número de perros de enorme
tamaño, de los cuales le fueron llevados dos a Juba" [VI, 31]. Además,
insiste en esta definición cuando habla de la tribu de los canarios, que ubica
en la vertiente oriental del Atlas Medio marroquí, al norte del río Ger:
"Los que habitan las regiones más próximas llenas de elefantes, fieras y
serpientes de todo tipo son llamados canarios, puesto que su régimen no se
distingue del de los perros y comparten con estos animales las entrañas de las
fieras" [V, 1].
Salvo la
opinión de Plinio el Viejo, no existe
ninguna otra referencia antigua en los textos clásicos que acredite esta
significación animal. Su relato contiene algunos otros nombres insulares, como
Pluvialia, Planasia o Ninguaria, que claramente tienen su origen en ciertas
características naturales observadas en estos territorios isleños. Una sencilla
formulación etimológica que, en ocasiones, pretende imitar a través de la
creación de significados basados en presunciones imaginarias, como creemos que
sucede con Canaria y los canarios.
Por otro
lado, la presunta afinidad del nombre de la isla de Gran Canaria con el de la
tribu africana fue sugerida ya por el historiador Juan de Abreu Galindo, el
supuesto franciscano andaluz que redactó una valiosa Historia de la Conquista de las Siete Islas de Canaria en la
segunda mitad del siglo XVI. La hipótesis carece, hasta el momento, de pruebas
científicas suficientes que la avalen, pero alienta una línea de investigación
cada día más fecunda. Veamos algunos ingredientes filológicos que apuntan en
esa dirección.
Como queda
dicho, es evidente que nos podemos permitir serias dudas acerca de una eventual
ascendencia latina del tema canari-.
Así las cosas, una alternativa razonable demanda considerar la identidad
idiomática de esta tribu para explicar su gentilicio, del que sus portadores no
ofrecen, sin embargo, un origen seguro.
Estos
canarios continentales habitan la región de Tafilelt, una comarca meridional
del actual reino de Marruecos, integrada por un conjunto de oasis que riega el
río Ziz, al norte de ese otro río citado por Plinio, el Ger (o Guir),
reconocido por la expedición militar que en el año 42 de nuestra era comandó el
general romano Suetonio Paulino. Pero también se les encuentra en lo que hoy
constituye la República del Níger, en el ámbito noroccidental del lago Chad.
Pertenecen a
la vasta y antigua comunidad étnica amazighe
(o bereber, según el peyorativo gentilicio clásico que popularizaron sus
colonizadores árabes). Estos pueblos, dispersos por toda el África
septentrional, conforman un copioso conjunto de grupos fraccionados en otros
tantos dialectos y hablas. Aunque su historia se pierde en la más remota
Antigüedad y han vivido durante milenios sin conciencia de su unidad, sin
embargo conservan una lengua común que, a pesar de los condicionantes
geográficos y de las poderosas influencias externas, ha logrado subsistir con
un soporte más oral que escriturario.
Por
descontado, estas circunstancias han propiciado que surjan notables variaciones
de pronunciación y de vocabulario, que contribuyen a mermar la intercomprensión
entre las diferentes realizaciones dialectales de esta lengua. No obstante, su
estructura profunda mantiene todavía una organización gramatical muy constante,
incluso en la pauta que rige sus cambios, lo que facilita el estudio de su
evolución histórica.
Pero el
sentido original del nombre antiguo de una tribu rara vez llega a sortear el
olvido o las recreaciones míticas, enredado a menudo en un confuso imaginario
donde no faltan lecturas etimológicas escasamente cuidadosas.
En ausencia
de una tradición nativa, bien continental o bien insular, que explique el
significado del etnónimo canarios,
necesariamente hemos de acudir a informaciones indirectas para ensayar una
solución, siempre dentro del dominio amazighe
que elegimos aquí como premisa mayor.
La clave de
la interpretación que vamos a presentar nos vino dada por un autor que ha sido
objeto de no pocas críticas, el naturalista lagunero Manuel de Ossuna y Saviñón
(1809-1846). En el primer tomo de su Resumen
de la Jeografia Física y Política y de la Historia Natural y Civil de las Islas
Canarias, editado en S/C de Tenerife por el año 1844, dice de la isla de
Gran Canaria y de sus habitantes que «eran benévolos y afables, como los ya
conocidos, altos de cuerpo y bien formados, y mas blancos que los de las otras
islas conquistadas. De ellos se supo que la isla se llamaba Tamerán, que quiere decir pais de los
valientes» [I, 49].
Nada se
conoce acerca de las fuentes en las que obtiene este informe, ignorado por las
crónicas coloniales y los estudios historiográficos más cercanos al proceso de
conquista. Tan sólo, en la descripción de los viajes realizados a la costa
occidental africana por el navegante portugués Diogo Gomes de Sintra (ca.1420 -
ca.1490), se puede encontrar algún apoyo marginal para esta noticia: "Los
hombres naturales de Gran Canaria, idólatras, son hombres corpulentos y,
algunos entre ellos, se llaman guerreros".
Casi
inmediatamente después de publicada la obra de Ossuna, el historiador portuense
José Agustín Álvarez Rixo (1796-1884) discute ya esa identificación de Tamerán con un supuesto 'país de los
valientes'. Su versión del topónimo, que ha hecho fortuna incluso en nuestros
días, traduce aquí 'tierra o país de la palma (datilera)'. Únicamente el
historiador austríaco Dominik J. Wölfel (1888-1963) se atrevió a sugerir una
explicación que concuerda poco más o menos con la reseña de Ossuna, a través
del nombre verbal ta(mâra (plural: timâriwîn),
que en los dialectos tuaregs (ta(ha(ggart, tay«rt y ta(w«ll«mm«t occidental y oriental) designa a la
'persona notable o considerable (por su poder, influencia, nobleza o riqueza)',
así como la 'fuerza, potencia o capacidad de acción'.
En
consecuencia, si fuera cierto que los habitantes canarios de la isla de Tamerán
se tenían por 'personas valientes o fuertes', ¿quiere eso decir que el
gentilicio continental que se les atribuye tiene algo que ver con esta
característica? Exploremos brevemente esa posibilidad.
En los mismos
dialectos amazighes donde se obtuvo
una congruente explicación para Tamerán,
y más específicamente en las variedades nigerianas y malíes, hallamos la voz ekănăr o ekănnăr
(plural: ikănărăn o ekănnărăn). La primera
acepción de este vocablo hace referencia a la 'frente (anatómica)', un sentido
compartido por otras variantes dialectales, como en las voces agnri (plural: igenritn) y ayenyir
(plural: iyenyirən) del Marruecos central. Pero todavía
hoy, esos dialectos del Níger occidental y de Malí (tăwəlləmmət), extienden el alcance de este término
hasta significar el 'frente de combate'. Incluso, han creado la forma verbal səkkənnər para expresar
la idea de 'conducir al frente del ejército', concepto del que también han
derivado el adjetivo verbal asăkkănnar (plural: isăkkănnarăn), 'hombre que guía la tropa al frente
de combate'.
Con estos
elementos de análisis, parecen tangibles dos conclusiones preliminares. En
primer lugar, la naturaleza amazighe
del gentilicio canario, forma
latinizada de un primario ekanar,
restituido con el sentido literal de 'frente' y, en una acepción más extensa,
con el de 'vanguardia' o 'valiente'. Y, además, aunque con carácter aún muy
tentativo, la presencia en la isla de Gran Canaria de esta antigua tribu
continental, hecho que, por supuesto, debe aguardar todavía la comparecencia de
mejores pruebas arqueológicas, históricas, antropológicas y lingüísticas.
[Publicado
en el periódico El Día, 30 de
septiembre de 2000].
Como nadie ignora, el vocabulario del
español hablado en Canarias presenta un heterogéneo surtido de influencias, testimonio
directo de los diversos aportes sociales y culturales que han intervenido en la
evolución histórica insular. Por ejemplo, formas romances más o menos antiguas
coexisten con elementos de origen americano y numerosos extranjerismos, al
tiempo que perdura un menguante substrato prehispánico.
En las últimas décadas, este léxico diferencial que hemos dado en
llamar insulismos viene siendo objeto
de valiosas recopilaciones y estudios filológicos. Con desigual profundidad,
abordan tanto su verdadera naturaleza como los significados y usos que esas
voces han tomado en el Archipiélago.
La mayor dificultad que atraviesan estas investigaciones afecta
al caudal lingüístico atribuido a las antiguas hablas prehispánicas. Su
análisis científico apenas ha sido esbozado, por lo que unos resultados todavía
muy tentativos iluminan sólo levemente un escenario frágil y complejo.
Para conocer una lengua muerta, o una modalidad de habla
desaparecida, en primera instancia es preciso examinar sus textos. En el caso
de Canarias, hemos de acudir a las contadas inscripciones grabadas sobre piedra
y alguna que otra en madera. Pero, además de carecer de unas dataciones
suficientemente fiables para esos materiales, tampoco se ha concretado el
desciframiento de los alfabetos empleados o de la lengua (o lenguas) que
representan.
En consecuencia, estamos obligados por ahora a utilizar fuentes
indirectas para recomponer la imagen, por supuesto fragmentaria y en buena
medida inevitablemente difusa, que aún podemos conocer de ese ingrediente tan
significativo del pasado y la identidad insulares. Nos referimos, de una parte,
a la tradición oral que subsiste a través de los viejos nombres de animales,
plantas, lugares o de otras voces y expresiones coloquiales (cada vez más
arrumbadas por modismos fugaces). Y, de otro lado, a toda esa documentación
etnohistórica y oficial europea que, más o menos contemporánea del proceso de
conquista y colonización del Archipiélago, recoge palabras y frases de las
antiguas hablas isleñas.
Como es fácil suponer, tanto la transmisión oral como la textual
arrastran una existencia permanentemente abierta a diferentes contaminaciones.
Menudean, por ejemplo, los defectos de pronunciación o de escritura, pero
también las adaptaciones de forma, de significado o de uso que impone la nueva
realidad lingüística. Por tanto, a las simples distorsiones hemos de añadir no
pocas romanizaciones de los insulismos
prehispánicos vertidos por esas fuentes indirectas.
Aquí traemos uno de estos vocablos mestizos, el gentilicio guanche, que ha alcanzado el mayor
arraigo en los ámbitos nacional e internacional para denominar a los antiguos
habitantes de Tenerife y, por extensión, a los del resto del Archipiélago.
Hasta ahora, la mención más antigua que hemos localizado de esta
voz se remonta a un albalá de data (o cédula de repartimiento de tierras)
fechado en 1498 y, presumiblemente, redactado de puño y letra por el adelantado
Alonso Fernández de Lugo. El texto, signado con el número 47 dentro del
cuaderno decimotercero inserto en el segundo Libro de Datas, se conserva en el magnífico Archivo Municipal de La
Laguna, heredero de la antigua documentación del primer Cabildo Insular.
Guanches, guanhes o ganches son algunas de las formas que recogen los primeros
documentos europeos para esta voz, por entonces aplicada solamente a los
naturales de la isla de Tenerife. Como vamos a mostrar ahora, se trata de meras
asimilaciones románicas del verdadero gentilicio insular. Compartimos así la
opinión expresada ya en algunas de las más tempranas reseñas etnohistóricas,
como la de Juan González de Mendoza (ca. 1585), Juan de Abreu Galindo (ca.
1590) o Alonso de Espinosa (1594).
Aunque no siempre sucede, estos adjetivos que señalan el origen
de las personas suelen tener relación con el nombre del territorio que ocupan.
Abreu, en su Historia de la Conquista de
las Siete Yslas de Gran Canaria, refleja esta circunstancia con bastante
precisión en los términos cuando afirma: «Esta ysla de Tenerife se llamaba en su comun hablar
Chíneche, y alos naturales llamaban
Bincheni» (d. 1676: 90).
La estructura del adjetivo que transmite este supuesto fraile
andaluz atestigua también esa relación. En la lengua amazighe (o bereber), tanto en sus manifestaciones continentales
como insulares, la secuencia wa-n (o wi-n, en plural) sirve para componer
conjuntos determinativos como el que nos ocupa. El resto de su enunciado, -cheni, refleja de forma abreviada ese
topónimo que transcribe como Chíneche,
sólo mínimamente deformado por la caída de otra consonante nasal al final del
vocablo.
En realidad, este nesónimo
(o nombre insular), a veces escrito Achineche,
Guaneche o ya más erróneamente Chinetche o Chinet, posee un antecedente muy revelador en la forma guachen, contenida en un acuerdo del
Cabildo de Tenerife fechado en 1499. Aunque la confusa puntuación de los textos
antiguos no ayuda a concretar si se trata de un gentilicio o de un topónimo,
vemos que concuerda en líneas generales con la mejor explicación que
encontramos para estos conceptos.
La hipótesis que presentamos reclama la comparecencia del nombre
verbal ašenšen o azenzen (con reduplicación expresiva del tema), todavía vigente en
los dialectos del Marruecos central, en cabilio o en rifeño. De aquí es posible
extraer ese Šineše [Shineshe], o bien
Ašineše, Waneše o Wašen (con el
índice demostrativo a o wa prefijado), que las fuentes adjudican
a la isla 'que resuena o retumba', pues tal es su traducción. Así obtenemos esa
designación de las personas que se ha popularizado bajo la expresión guanches, cuya forma original se puede
restituir como wa-n-Šen (en singular)
y wi-n-Šen (en plural), es decir, 'el
(que es) de El (lugar) que retumba' o
'los de Ašenšen', respectivamente.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
22 de abril de 2001].
Durante siglos, habitó en la memoria del mar
la estampa de una isla elevada entre aguas turbulentas, cuyo rostro níveo y, a
menudo, airado parecía flamear sobre las nubes. Para el imaginario y la audacia
de los navegantes antiguos, aquella tierra emergida en el confín atlántico del
mundo, justo en el centro del enigmático archipiélago de las Afortunadas, vivió
distinguida como «Isla del Infierno».
Mediado el siglo XIV de nuestra era, la aventura amenazaba las fronteras
del misterio. Las primeras singladuras de la expansión mercantil europea
reabrían el océano, el temido abismo que ocultaba la muerte diaria del Sol.
Algunos mapas, portulanos y relatos de viajes trazaban ya, con vacilante
exactitud, la derrota hacia las costas isleñas. Unos pocos nombres geográficos
apenas fijaban el destino. Quizá los apelativos descriptivos habían perdido
algo de su halo mítico o fabuloso, pero en las voces nativas alentaba todavía
una atractiva rareza.
Transcurridos cientos de años después de haber sido registradas,
y presumiblemente otros tantos desde que fueron creadas, muchas de aquellas
denominaciones aún se conservan casi intactas. Un buen ejemplo nos lo
proporciona el nesónimo Tenerife,
transcrito por entonces bajo las formas Tenerefiz
(ca. 1350), Tenerefix (1420), Tenerify (1421) o Thenerifie (ca. 1484), todas alojadas muy cerca del enunciado
original.
Fuentes etnohistóricas posteriores, especialmente las redactadas
por Juan de Abreu Galindo (ca. 1590) y el padre Alonso de Espinosa (1594),
advierten que el nombre fue recogido en la vecina isla de La Palma. Por los
informes que recaban, descubren también que el término se compone de dos voces,
traducidas del siguiente modo: tener,
'monte', e ife, 'blanco', aunque
Espinosa invierte los significados y asocia el color a la 'nieve' de la
formulación pliniana (Ning[u]aria).
En todo caso, el imponente volcán que domina la isla condiciona
cualquier definición. Sin embargo, más inclinados a observar las consecuencias
de su actividad que la belleza de su imagen, los habitantes de Tenerife le
dieron el nombre de Ashenshen o Ashinesh[en], 'el (lugar) que resuena o retumba'.
No existe, pues, ninguna afinidad morfológica o semántica entre ambas voces,
salvo el componente orográfico que les sirve de referencia, además de su
indudable adscripción amazighe (o
bereber). Ahora bien, la etimología cierta de los vocablos que integran el
topónimo Tenerife presenta algunas peculiaridades etnolingüísticas.
El substantivo femenino tener
(< te-ner), que la información
disponible asocia con el concepto 'monte', significa en realidad 'frente'.
Dialectos continentales, como el zenaga del sur mauritano o la tamazight del Marruecos central,
conservan esa estructura biconsonántica [N·R] con este significado. Pero se
trata de la misma fórmula que otras hablas y dialectos expresan mediante las
raíces G·N·R o K·N·R, base del etnónimo canario
(en su acepción de 'vanguardia' o 'valiente').
La utilización de símiles anatómicos para designar formas del
relieve constituye una práctica muy extendida en la lengua amazighe. Por ejemplo, la 'cabeza' (eghäf, ixf, afa) o el 'mentón (amar)
asoman con bastante frecuencia en la toponimia continental. La 'frente', en su
acepción de 'fachada' o 'frontal', bien pudo acoger la imagen de aquel 'monte'
inmenso, avistado por los palmeros en la orilla superior del horizonte. De
hecho, una noción aledaña como 'llanura, llano' o 'región despejada', tenere, comparte en varios dialectos la
misma raíz [N·R].
En cuanto al nombre verbal ife
(< efey), que la documentación
antigua remata con las terminaciones -z, -x, -y e -ie, posee también una raíz
bilítera [F·Y]. Esas oscilaciones gráficas inducen a pensar que este último
radical, hoy reducido a la vocal e, recibía una pronunciación menos palatal que
postalveolar, como sucede en cabilio. Otros dialectos, en cambio, adoptan aquí
fonemas con un punto de articulación velar (F·W o F·K). Pero se trata solamente
de variaciones fonéticas, ya que todas sus dicciones se mantienen en el campo
semántico de 'la luz, la claridad, el resplandor o el brillo'.
Con estos datos, podemos restituir el compuesto tener-efey con el valor literal de 'la
frente (que) brilla' o bien, de manera un tanto más literaria pero,
seguramente, más cercana a la tradición amazighe,
como 'el monte claro'.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
20 de mayo de 2001].
Entre las prácticas culturales desplegadas
por los antiguos isleños, tal vez la religión es la que exige un tratamiento
más prudente. No sólo porque disponemos de una información muy parcial,
suministrada por los colonizadores europeos (sacerdotes, viajeros, soldados,
etc.). También hay que considerar la influencia de la actividad evangelizadora,
que antecedió incluso a las operaciones militares. Por tanto, el volumen de
adherencias extrañas que pueden presentar los datos imprime una seria amenaza
de distorsión.
Como otras manifestaciones sociales (la moral o el arte, por ejemplo),
el hecho religioso refleja determinadas circunstancias vitales de la comunidad.
Simboliza necesidades, valores y relaciones, pero también contribuye a pautar
una concreta organización de la sociedad. Podríamos decir que cristaliza y
proyecta, en términos ideológicos, las condiciones de existencia natural y
social del grupo. En consecuencia, cualquier actuación en ese ámbito adquiría
una dimensión estratégica.
Los silencios, las contradicciones e, inclusive, las
interpretaciones torcidas que, por momentos, ocupan el relato europeo también
informan acerca de aquella identidad. Pocas veces la investigación histórica
dispone de testimonios enteramente fidedignos, por lo que debe mensurar la
entidad de las pruebas. Esto no sólo afecta a la autenticidad de la fuente,
sino a la capacidad de sus contenidos para dialogar con la realidad que se
explora. En ese trayecto, entre el objeto real y el objeto de estudio, opera el
método científico.
Como ya señaló el Dr.
En esa tarea y con estas premisas, los estudios etnolingüísticos
aportan algo más que un límite contextual al discurso elaborado por los
cronistas. Las palabras nutren la consciencia, denotan y, a su vez, socializan
una determinada relación de los seres humanos con su entorno. A través de ellas
tejemos nuestro conocimiento, social e históricamente concreto, del mundo real
y del que crea la cultura.
Los antiguos isleños, como otros pueblos amazighes y camitas, concebían una divinidad creadora difundida en
la naturaleza. Tanto la sacralización del 'firmamento' (Aqqoran), la 'lluvia' (Ashuhukanak)
o los 'relámpagos' (Ashshaman) como la
de algunos animales (Hukhanshash) o
roques (Idaf), muestran sólo
manifestaciones y atributos de una causa o ser supremo (Wayyagheragh, Ashuwayyu, etc.) que integra y sostiene esa realidad.
O tal es, cuanto menos, la versión que postulan las clases dominantes. Al decir
del historiador portugués Gomes Eanes da Zurara (1451), «estos nobles saben su
creencia, de lo cual los otros no saben nada, sino dicen que creen en aquello
que creen sus nobles».
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
28 de octubre de 2001].
Un recurso frecuente en la implantación de
las ideologías religiosas ha sido la absorción de cultos nativos. Los griegos,
por ejemplo, dedicaron al dios Pan, protector de los rebaños y pastores, la
antigua celebración del solsticio de invierno. Posteriormente, el cristianismo
instaló la Navidad de su dios en el natalicio de esa divinidad helena. Como
también domicilió la tumba del apóstol Santiago sobre el finis terrae clásico, impregnando de intereses evangélicos,
mercantiles y políticos la inmemorial peregrinación hacia el límite occidental
del mundo conocido, la última frontera que guardaba los arcanos del misterioso
declive solar.
Las misiones
cristianas en Canarias, cuya actividad allanó considerablemente el proceso de
conquista y colonización de las Islas, aplicaron un procedimiento similar. Las
creencias isleñas no oponían conceptos o devociones indigeribles. El fundamento
astral y naturalista de su religión, que aparecía gobernada por una potencia
creadora, ofrecía incluso elementos suficientes para inducir un sincretismo
nada traumático.
La estrategia
desplegada por los frailes minoritas en el Archipiélago tomó esa dirección. La
institución de cultos marianos asociados al pino, en Teror (Terûghe, 'La Dorada o Rojiza'), o a la
estrella Canopo, en Candelaria, tal y como revelan los estudios del Dr. José
Barrios García (1997), proporcionan ejemplos muy concretos. De esta manera, a
través de la apropiación de las principales referencias que componían la
cosmogonía isleña, preparan la asimilación del modelo social y cultural
vinculado a la colonización.
Pero la
parcialidad de las fuentes etnohistóricas condiciona cualquier análisis de la
religión insular, distorsionada además por el largo período de convivencia con
las costumbres y el ideario europeo. Un problema que la comparación con las
sociedades amazighes continentales
tampoco termina de salvar, debido a la escasa información disponible en torno a
los cultos preislámicos practicados por estas comunidades. En consecuencia, no
resulta fácil discriminar con exactitud los ingredientes que identificaron el
acervo isleño.
En Tenerife,
esa dilución religiosa tuvo en la adoración a la Virgen de Candelaria su factor
más dinámico. Aparte del esmerado simbolismo que se imprime a la imagen, los
escenarios y las circunstancias que rodean su introducción también fueron
elegidos con cuidado.
El hallazgo
se produce en la comarca de Güímar (Wemmar,
'El Paso'), una de las nueve demarcaciones que conformaban el mapa político de
la isla. Aunque, en realidad, esa fragmentación se vertebra en torno a dos
grandes coaliciones, que parecen definidas por su ascendencia tribal o
dialectal. Frente a la hegemonía de la potente liga del Norte, que dirige el bando
de Taoro (Ddaw-aru, 'Vega'), Güímar
reúne a las entidades del Sur (con la tardía inclusión de Anaga). Estos bandos
sureños, donde habían centrado su actividad las misiones franciscanas,
terminarán por establecer tratados de paz con los conquistadores.
Según el
informe que recoge el dominico alcalaíno Alonso de Espinosa (1594), unos
pastores encuentran la figura, «en pie sobre una peña», cuando conducían su
ganado por cierta playa. Más tarde, el poeta Antonio de Viana (1604) se refiere
a ese lugar como Chimisay (Tymsay,
'súplicas'), pronunciado con la típica realización paladial que adopta a menudo
la consonante dental (t = ch) en Tenerife. Un topónimo cuyo análisis
lingüístico indica que pudo tratarse de un 'rogatorio', aunque es posible que
recibiera el nombre tras estos acontecimientos.
Tenida por
«alguna cosa sobrenatural», los isleños trasladaron la figura a la cueva de
Chinguaro (Ti-n-gwar, '(lugar) de
residencia o reunión'), en «las moradas» del mencey (menz«y, 'principal'). Inmediatamente, éste cursó
aviso al resto de los jefes insulares y, en particular, al poderoso señor de
Taoro, al que propone compartir por semestres la posesión de la imagen.
La vela que
porta la efigie y su descripción como una «estrella celestial» hacían de
Candelaria el nombre más adecuado, especialmente para representar a la «Madre
del Sol» o la «madre del sustentador del mundo». En concreto, las expresiones
insulares utilizadas fueron: «Chaxiraxi» (Taghiragh,
'la que carga el firmamento') y «achmayex, guayaxerax, achoron, achaman» (at may-s wayya-aghir-agh, Aqqoran,
Ashshaman, 'he aquí la madre del espíritu que sostiene el mundo, el
Celestial, el Rayo').
Esa fórmula
nominal, «Chaxiraxi», no apunta una mera traducción de la idea cristiana. 'La
que carga el firmamento' describe exactamente el valor que la tradición
norteafricana, no sólo amazighe sino
también camita, asigna a «la estrella del Sur», Canopo. Según la cosmogonía de
estos pueblos, el universo habría nacido de la explosión de ese astro, adoptado
como una de las principales referencias de su organización calendárica.
Atestigua
esta relación la coincidencia de la festividad mariana con el orto helíaco de
Canopo, asociado en la isla a las celebraciones por la luna de agosto o «beñesmer»
(wennasmer, 'el (tiempo) que termina,
consume o evapora'). Una identificación que, como sugiere el Dr. Barrios, se
refuerza ante el vínculo de las fiestas de febrero con el orto acrónico de la
estrella. Dos fechas que permitían establecer una perfecta división semestral
del calendario, aquella que el mencey de Güímar había ofrecido al de Taoro para
disponer de aquel símbolo celeste.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
3 de junio de 2001].
Gran parte del conocimiento disponible
acerca de la cultura amazighe del
Archipiélago depende de la antigua documentación europea. Su testimonio ilumina
espacios desconocidos o complementa las propiedades y el valor de otros
vestigios, tanto materiales como lingüísticos o sociales en general.
El sesgo ideológico que impregna esas fuentes etnohistóricas se
acentúa cuando siquiera rozan aspectos religiosos. No se trata solamente de
contaminaciones descriptivas. Las crónicas coloniales intentan comprender una
realidad distinta y compleja, para lo que buscan acomodo a las manifestaciones
nativas en la cosmovisión cristiana. Pero, además, sus categorías de análisis
tienden a probar la conveniencia de la evangelización y a justificar la
esclavitud de las poblaciones paganas. Un vínculo muy sólido amalgama las ideas
y el negocio, debidamente custodiado por la razón política.
El análisis del léxico insular que vierten las fuentes europeas
penetra en esa composición, ayudando a fijar tanto las referencias físicas o
materiales como las representaciones abstractas. Veamos algunos ejemplos
concretos, ligados a la caracterización de las fuerzas del mal o espíritus
malignos.
El caso más conocido tiene que ver con el volcán Teide, alguna
vez designado también Taraire. Según los informes, los isleños ubicaban allí el
'infierno', denominado Echeide, residencia del 'demonio' Guayota. La evidente
asimilación cristiana de los conceptos, ventilada además con algún defecto de
pronunciación, no facilita una compresión cabal de las ideas originales. Pero
la etimología de las voces proporciona ciertos antecedentes de interés.
En primer lugar, conviene aclarar que Teide y Echeide, pese a su
parecido fonético, dibujan nociones diferentes. Tal y como observó el Sr.
Antonio Cubillo Ferreira (1983), la voz Echeide deriva del verbo eshshed, 'ser maligno', con realización
enfática de la consonante dental en el dialecto tahaggart del Sahara argelino. En
cambio, Teide procede de te-ydi-t,
'perra', un simple substantivo femenino que con frecuencia toma, como aquí,
valor peyorativo. En esta idea insiste el otro nombre del volcán, Taraire (<
tarayr), de nuevo un substantivo
femenino referido esta vez a la 'ogresa', monstruo imaginario que menudea en
los cuentos amazighes.
A partir de estos datos, sólo se puede coincidir con la opinión
manifestada por el Dr. Juan Bethencourt Alfonso (1880), en el sentido de
considerar el Teide como una puerta o acceso, tal vez el principal pero no el
único, que conectaba con el mundo subterráneo donde habitaban las fuerzas
maléficas. Unas entidades perversas que aprovechaban las oquedades del terreno
(grietas, grutas, etc.), tenidas por enlaces naturales entre ambos niveles,
para llegar hasta la superficie y perjudicar a los seres humanos. Es el caso de
Guayota (< wa-yewta, 'el
destructor'), en clara alusión a la actividad volcánica del lugar.
Ogros y visiones malignas, por lo común asociadas a perros u
otros animales asilvestrados, alentaron también en el resto de las islas. En La
Gomera o en La Palma, por ejemplo, se creía en los yrguanes o yruene, los
populares iregwan o 'espíritus
maléficos' que todavía recuerdan los cuentos amazighes. En Gran Canaria, por el contrario, se concibió una
creación insular. Sus 'apariciones malignas' recibieron el título de tibicenas
(< te-bishshen-ah, 'malvadas,
peligrosas'), un adjetivo femenino cuya etimología remite al color 'negro'. La
relación no es insólita, pues abundan en las hablas continentales los nombres
de objetos y situaciones nocivas derivados de este color, aunque el temor a su
influjo deforme a veces la dicción.
[Publicado
en el periódico El Día, 27 de junio
de 2001].
La figura de los antiguos adivinos arraigó en
La Gomera como en pocas islas del Archipiélago. Las obras etnohistóricas apenas
salvaron algunos de sus nombres o el ámbito de sus capacidades. Pero la
toponimia insular, tanto en sus formas amazighes
como españolas, proporciona todavía el mejor testimonio de la notoriedad social
que alcanzaron.
El ingeniero
italiano Leonardo Torriani (ca. 1559-1628) aporta, en su Descrittione et historia del regno de l'isole Canarie gia dette le
fortunate con il parere delle loro fortificationi, la noticia más antigua que,
de manera expresa, alude a uno de estos personajes y a su actividad: «Hebbero
etiandio huomini fatidici, iquali prediceuano ciò c'haueua à uenire, fra'quali
si fa mentione d'uno nomato Eiunche» [1590: 82 (cap. LIX)].
Hemos de
esperar hasta 1737 para que el historiador grancanario Pedro Agustín del
Castillo (1669-1741) cite, en su Descripcion
Historica, y Geografica de las Yslas de Canarias, otros dos nombres: «Y por
que este hombre que llamaban Míguan era híjo de un adívíno su nombre Aguamuge,
quíen le dió regla para saber lo que avía de suceder» [ms. fol. 44].
Hasta aquí
llega la información historiográfica. Su valor, nada despreciable como
constatación de un importante ingrediente sociocultural, acaso se aprecie mejor
si extraemos los datos lingüísticos que suministran estos nombres.
Las tres
denominaciones pertenecen a la tradición que, en ausencia de una designación
más precisa, hemos dado en calificar como septentrional, es decir, adscrita
(poco más o menos) a los dialectos del Marruecos central, el Rif y la Cabilia
argelina. De Miguan (por Miggan) se destaca que 'medita, piensa o
reflexiona'. Aguamuge (por aw-Amuh) nos revela el carácter
hereditario de esta ocupación, pues se dice de él que era 'hijo de el Murmurador (o el que salmodia)'. Pero
es Eiunche quien parece haber gozado
de mayor celebridad o prestigio.
En efecto, el
nombre Eiunche (por Ey-unéié) no sólo se ha construido sobre una raíz que cuenta
entre sus acepciones con una específicamente dedicada a la 'adivinación'.
Además, sirvió de base para la composición de algunos orónimos tan relevantes,
desde el punto de vista geográfico y cultural, como el Alto o la Fortaleza de
Garajonay.
Su etimología
remite en primer lugar a la 'observación'. Mirar o 'examinar' atentamente una
cosa, un asunto o un hecho se impone como providencia inicial antes de forjar
un 'razonamiento'. He ahí el camino que siguen la 'inteligencia' y la
'justicia', pero también el que se atribuía a la 'clarividencia'. Una familia
semántica que dispone de algunos otros derivados entre los antropónimos de
varias personalidades isleñas: en El Hierro, el jefe insular Ossinissa (por Ussiniééa) o en Tenerife, el augur Guañameñe (por Wa-n-amenée).
Pero Eiunche vive todavía. Subsiste en el
topónimo Garagonoche (por Gar-g-Wunéié), pronto deformado hasta dar Garajonay, en su
pariente menor Tagaragunche (por Tagar-g-Wunéié) o en Taguerguenche
(por Tager-g-Wunéié). Ahora bien, hoy la investigación lingüística nos
permite localizar a este personaje en otra referencia documental.
En la Historia de la Conquista de las Siete Yslas
de Gran Canaria, de la que es autor el supuesto franciscano Juan de Abreu
Galindo (ca. 1590: I, 16), aparecen citados los nombres de cuatro jefes que se
repartían el gobierno de la Isla hacia mediados del siglo XV. Con leves
diferencias gráficas, las dos versiones principales de su manuscrito colocan en
la jefatura del bando de Orone a un individuo conocido por dos apelativos:
«Masegue eunche», según la primera copia (d. 1676: 21v.), y «Mazegue, e# Unchipe», según la reproducción que
efectúa el coronel Amat de Tortosa (1787: 16v.). Torriani [1590: 82 (cap.
LIX)], en cambio, sólo refiere la segunda denominación: «Unihepe».
Mazegue (por Mazzeg) y Unche (por Unéié) nos devuelven a un 'adivino o clarividente' muy peculiar.
El registro Unchipe (por Unéié-if) le concede cierto rango: 'es el mejor o
el superior'. Porque los oficios del poder carecían de fronteras precisas.
[Publicado
bajo el título: «Los antiguos adivinos en La Gomera». Eseken (2002) 20: 19].
En el invierno de 1488, once años después de
haber tomado posesión del señorío insular de La Gomera, Hernán Peraza el Joven fue muerto cuando visitaba a su
amante en las Cuevas de Guahedun. Los abusos cometidos durante su
administración terminaron por soliviantar a los isleños. Convocados en un roque
cercano a la costa de Taguluche, en el lugar que luego será conocido por la Baja del Secreto, los jefes insulares
habían decidido romper la alianza que hasta entonces ligaba a su comunidad con
el gobierno señorial.
La memoria de
aquellos acontecimientos guarda todavía ingredientes históricos muy valiosos.
En las crónicas de la conquista grancanaria o en los relatos de Abreu Galindo y
Marín de Cubas, se narran los detalles más conocidos. Del mismo modo, a través
de diversos informes oficiales, conocemos el alcance de la represión que desata
Pedro de Vera, gobernador regio de Gran Canaria, invitado por Inés Peraza, titular
del señorío, a sofocar la rebelión. Pero desconocemos, por ejemplo, los
pormenores de la instrucción judicial en la que amparó sus represalias contra
la población mayor de quince años. Un escrúpulo legal que, en cambio, consideró
innecesario a la hora de actuar contra la colonia gomera instalada en Gran
Canaria, acusada también de instigar la conjura, pero siempre tenida por un
obstáculo para su gestión.
Con todo,
aquí sólo veremos algunos de los insulismos amazighes
que nos han legado las reseñas de aquellos hechos. Para ello, acudimos a la
narración que se muestra más completa, la que traslada el Dr. Marín de Cubas en
su Historia De las Siete Yslas de
Canaria, redactada en 1694.
Entre los personajes isleños que intervienen
en los sucesos, el mayor interés se centra en la joven Yballa y su primo
Hautacuperche, ejecutor de Peraza.
El médico
teldense nos habla de la muchacha en los términos siguientes: «[...] y siendo // Yballa dotada de hermosura dedicadaprimero à el culto de sus
Seremonias como en Canaria
las Doncellas Marimaguas, que
guardaban Clausura» (Marín (II, 12) 1694: 63-63v.). Una condición social que
las fuentes primarias pasan por alto, aunque advierten que Yballa era sólo su
apellido. Esto significa, en el castellano de la época, que pudo ser su 'nombre
de familia' o, como parece lo más probable, su 'sobrenombre, calificativo o
apodo'. Porque tal designación (ibbaya)
hace referencia al hecho de estar 'apartada o separada'.
Respecto de
la significación del nombre Hautacuperche, el difunto profesor G. Marcy avanzó
ya lo substancial en un artículo publicado en 1934 por la revista de El Museo Canario. Todo lo más, quizá
convenga precisar que el primero de los elementos que componen esta
denominación, (Hau-tacuperche), no tiene su origen en la partícula de filiación
(aw-) sino en el verbo «h«w. En cualquier caso, la conclusión que se
obtiene es la misma: *Ha(w-takubbert señala a quien 'nace con buen presagio', es decir, al
«hombre mascota» protegido por las divinidades de la comunidad, el cual debía
presidir todos los actos sociales de alguna importancia para favorecer una
realización exitosa.
La propia
Yballa confirma esta lectura. Según Marín de Cubas, cuando la muchacha
descubre, por los «muchos y repetidos silvos», los planes homicidas de los
conjurados, dirige a Peraza «en su lengua estas palabras, ajeliles, juxaques,
aventamares, que significan; huie que estos ban por ti» (Marín (II, 12)
1694: 63v.). El apóstrofe, admirablemente vertido por Marín pero traducido sólo
de forma muy genérica, no deja lugar para muchas dudas. La frase, cuya
transcripción moderna se restablece como *ahel
y-el«s,
uxxa kkes, awen tama a(res, ofrece una caracterización muy concreta
del personaje y de la situación: 'escapa del hombre (legítimo), el guerrero
feroz cumple (una misión), (y) sube la linde baja'.
Por eso, su
muerte durante el tercer asalto a la torre señorial, sorprende y confunde a los
isleños, que acuden entonces a su último recurso: el Alto de Garagonoche, su
fortaleza espiritual.
[Publicado
en la revista Eseken 18: 9].
Entre los vocablos que el español de
Canarias ha heredado del amazighe
insular, los nombres de plantas ocupan un lugar importante. Mientras el objeto
no desaparece es lógico que perviva su denominación. Sin embargo, el retroceso
experimentado por las actividades agrícolas afecta a su continuidad, más aún
cuando la terciarización de la economía plantea el desarrollo urbano como una
expansión predatoria.
Muchas voces se oyen ahora tan sólo en la boca de los más
ancianos, aunque tampoco han faltado investigadores que recopilaran este
acervo. Afortunadamente, gran parte se ha incorporado ya a los diferentes
compendios lexicográficos dedicados al español isleño.
Pero el estudio etimológico de los antiguos insulismos amazighes encierra todavía numerosas
incógnitas. En la mayoría de los casos, estas designaciones se fundan en
nombres continentales de plantas similares. Ahora bien, la enorme cantidad de
endemismos que pueblan el Archipiélago debió precisar también de fórmulas
propias.
He aquí una pequeña muestra de ese vocabulario insular que
recorre el mundo vegetal, formulado con la representación gráfica y la
asignación de géneros que estas palabras han tomado en español.
balo. m. (Plocama pendula). Arbusto muy ramoso perteneciente a la familia de
las rubiáceas, que crece en los terrenos áridos cercanos a la costa. Aparece
citado por primera vez en el Poema de
Antonio de Viana (1604, canto XI). Se origina en la forma ballaw, que subsiste en el cabilio abellaw, s. m. sing., aplicado a una 'planta umbelífera'.
chagide. m. Mata de madera muy combustible.
Antigua expresión utilizada en Tenerife, cuya forma primaria, taghide, s. f. sing., puede traducirse
por 'leña'. Deriva del verbo eqqed,
corriente en el Sahara argelino y en las hablas nigerianas y malíes con el
significado 'quemar', aunque en dialectos como el cabilio o el rifeño adquiere
la acepción 'cauterizar'.
crece, cres, crese. m./f.
Fruto del haya (Myrica faya). Voz
documentada en la isla de El Hierro desde el siglo XVIII, también utilizada en
Tenerife y La Gomera. Procede del primario käräz,
s. m. sing. Un paralelo inmediato se halla en el dialecto tayrt (Níger central) bajo la forma kerrez, s. m. sing., 'semilla, simiente'. Otros dialectos
continentales sólo emplean el verbo correspondiente, por ejemplo: krez, en cabilio, o shrez, en hablas septentrionales del Marruecos central, con el
significado 'labrar, sembrar, crear riqueza'.
dolatelac. f. Voz
compuesta por el adjetivo verbal dolat
(< dahlat, 'verde') y el
substantivo femenino tellax (< t-ll-ax, 'ella tiene leche'), nombre de una planta perteneciente a la familia
de las euforbiáceas. (La x
suena como la j en la palabra
española lejos o la ch en la alemana nacht). Ambos términos proceden del dialecto tahaggart, hablado en el Sahara argelino. En realidad, el vocablo
es citado como nombre de la isla de Lanzarote por un acta vaticana fechada en 1431,
según informa el Dr. Dominik J. Wölfel (Monumenta
Linguae Canariae, 1965, p. 605).
esmira. f. Corteza (seca) del pino, aplicada
en fragmentos o en polvo a diversos cometidos. La voz permanece viva en la isla
de El Hierro, aunque ha decaído su uso. Como primario, puede restablecerse esmira (< e-smär), forma masculina de la variante nigeriana täsmärt, s. f. sing., 'corteza de la täboraq (especie de árbol), empleada
como detersivo en el lavado'.
garao, garoe, garoé. m. Antiguo árbol
herreño correspondiente a la familia de las lauráceas, presumiblemente un tilo.
Constituía un valioso medio para la captación de la humedad ambiental, retenida
y destilada por sus hojas hasta una alberca construida en su entorno. Abatido
por un huracán en 1610, sobreviven sus denominaciones, variantes de la forma
primaria garaw, s. m., 'río', la
misma que explica el topónimo tinerfeño Aguere (< agaraw, s. m. 'laguna'). Ambas se relacionan con el verbo
cualitativo geret, 'estar muy mojado,
húmedo'. Expresiones emparentadas se mantienen vigentes en las hablas de Níger occidental
y central, Malí y Sahara argelino.
mol, mole. m. (Arthemisia thuscula o canariensis).
Planta asterácea de olor muy fuerte. Voz documentada en la isla de El Hierro
desde el siglo XVIII, se relaciona con el incienso y el ajenjo morisco.
Presente en el dialecto tayrt (macizo
montañoso del Ayr, en Níger central) como amol,
s. m. sing., 'flor del afägag
(acacia) (muy olorosa)'.
tabaiba. f. Nombre genérico de varias plantas
pertenecientes a la familia de las euforbiáceas. Su forma primaria es tabâba, con reduplicación expresiva del
tema, conservada en abubu, s. m.,
'nombre de un árbol', variante registrada en el Sus marroquí. Concuerda, por
tanto, con el término abu, s. m.
sing., 'planta del género de la férula (cañaheja o tapsia), muy recomendada para
el ganado', viva también en el Sus y en la zona meridional del Marruecos
central.
taginaste, chajinaste. f. Nombre genérico de
varios endemismos de la familia Echium.
Sobre un primario taghnast, s. f.
sing., 'aguja', enlaza con el verbo ghens,
'sujetar con alfileres', acepción habitual en las hablas del Marruecos central,
pues los dialectos nigerianos y malíes prefieren el significado 'cercar,
rodear' o 'abrochar'. El Dr. Wölfel (Monumenta,
1965, p. 684) ya señaló la variante susí tainast,
s. f. sing., 'echium humile'.
timboca, tímboca. f. Voz herreña recogida por el Dr. Bethencourt
Alfonso (Historia del Pueblo Guanche,
1991, p. 265). Se asigna a un hongo o planta parasitaria de la jara, que
produce una substancia dulce. Su forma original es tinboqqa (< tinbagh),
s. f. sing., 'germen, brote', derivada del verbo nbegh, 'salir, brotar, germinar'. El dialecto tayrt (Níger central) mantiene paralelos en diversos vocablos de
esta familia léxica: anäbagh, s. m.
sing., 'germinación, floración', tassenbeq,
s. f. sing., 'germen', etc.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
10 de junio de 2001].
Pocos ámbitos de la cultura muestran un
mestizaje tan diverso como la música popular. Ingredientes europeos, sefarditas
o americanos conviven y, en muchas ocasiones, se funden con la antigua
producción insular. Bien es verdad que a este fenómeno, atizado por un
difusionismo insistente, se le atribuye a menudo un alcance excesivo.
Si el intercambio de influencias entre Europa y América ha sido
abundante y valioso, la participación del folclore hispano y portugués en ese
proceso, como fuente y vehículo de contacto, asume extraordinaria importancia.
Pero las investigaciones, que se detienen a estudiar la contribución árabe o
judía, rara vez advierten los contenidos amazighes
que viajaron hasta la península ibérica. Este caudal debió rendir allí formas
comunes a las creadas en Canarias, lo que facilitó tanto la continuidad de
elementos isleños como su fusión con el aporte extranjero.
Ciertos sectores prefieren todavía hablar de aculturación. Por
supuesto, resulta difícil negar algunas evidencias nativas, pero basta la más
ligera similitud formal con elementos foráneos, real o infundada, para decretar
su naturaleza colonial. Esto ocurrió, por ejemplo, con la declaración de un
origen leonés para la lucha canaria. La realidad, una común pero independiente
ascendencia amazighe en ambos casos,
debería ser suficiente para percibir la dimensión dialéctica de la cultura.
Sin embargo, hemos de temer que, también ahora, terminará por
imponerse el viejo principio de jerarquía, tan conveniente para esta nueva
andadura del pensamiento único. No debería extrañar a nadie si, a la vuelta de
poco tiempo, empiezan a ser detectados en la identidad insular componentes amazighes de procedencia andaluza o
portuguesa. Y habrá circunstancias en las que será cierto...
El antiguo léxico vinculado a la música, hoy en día con una
representación muy menguada en el habla insular, ha sufrido un tratamiento no
menos azaroso. Para algunas de las voces que presentamos a continuación, se ha
propuesto incluso un carácter onomatopéyico. Las pruebas, en cambio, no dejan
lugar a dudas en cuanto a su condición amazighe.
arrorró. m. Canción de cuna. Con reduplicación
expresiva del tema, deriva del nombre dedicado en casi todos los dialectos
continentales a la figura del 'niño recién nacido': arraw, m. (> arraw-raw).
chácara. f. Instrumento músico de percusión,
hecho de madera o de hueso, parecido a la castañuela. Muy popular como
acompañamiento de cantos y bailes en La Gomera, El Hierro y Tenerife, isla esta
última donde también conserva su acepción original: 'pezuña (de la res
vacuna)'. Posee un primario shakar
(< sakar, s. m. sing.), presente,
con ligeras variaciones fonéticas, en casi todos los dialectos continentales.
Con el significado 'uña' o 'garra, pezuña, zarpa', he aquí algunos paralelos: ashkär, m. (en las hablas nigerianas y
malíes); êsker, m. (en la tahaggart del Sahara argelino); isker, m. (en las hablas del Marruecos
central y meridional); ishsher, m.
(en cabilio); ashshar, m. (en las
hablas argelinas del Mzab y Wargla); ishshar
o ashekrud, m. (en rifeño), etc.
sirinoque. m. Danza colectiva bailada en La
Palma. Se ejecuta al ritmo del tambor por parejas enfrentadas, las cuales se
acercan y se separan cubriendo las distancias mediante saltos cortos. Se trata
de un nombre compuesto con valor metafórico, que responde al primario siri-n-aukke (< sirir-n-awkkäy), 'baile del gusano'. La expresión como tal carece
de paralelos continentales conocidos, pero su formulación y sus elementos
constitutivos quedan perfectamente atestiguados. Así, unidos por la preposición
n, 'de', se distinguen los dos
miembros siguientes. En primer lugar, sirir,
deverbal causativo de irar (Marruecos
central, Wargla), rar (Mzab) o urar (Cabilia), verbo muy corriente para
las acepciones 'jugar', 'divertir(se), alegrar(se), deleitar(se)', 'cantar y
bailar', etc. Por último, el zoónimo awekkiw,
awekka, m. (Marruecos central), tuwekka, f. (Cabilia), tawkke, f. (Hoggar, en el Sahara
argelino; región de Meneka, en Malí; Níger occidental y central), nombre de
cualquier 'gusano', 'larva', 'lombriz', 'babosa' u 'oruga', aunque también
hallamos la variante taukka, f. (Sus,
en el Marruecos meridional), 'gorgojo del maíz'.
tajaraste. m. Pandero. Instrumento formado por
un ancho aro de madera, provisto de cascabeles o sonajas alrededor, cuyo vano
está cubierto de piel estirada. Por extensión, recibió también este nombre una
danza colectiva de La Gomera y Tenerife. Se despliega por parejas, con algunas
diferencias coreográficas según la isla, al son de un pandero o de un tambor.
Presenta una forma primaria tagharazt,
s. f. sing., vinculada al verbo eghrez,
'encerrar, rodear'. Una variante casi idéntica a la voz insular perdura todavía
en el rifeño tajrazt, f. 'zarcillo' y
tajarast, f. 'zarcillo o aro muy
grande'.
Aunque ha perdido presencia, en Tenerife se empleó también el
vocablo tafuriaste para aludir al
'tambor'. Su extracción amazighe
parece nítida, pero el análisis interdialectal no acusa un resultado categórico
con ese sentido. La explicación más sencilla obliga a considerar un posible
paralelo en la voz sahariana tefêriast,
s. f. sing., 'nombre de una planta perenne (cardo)'. Por aplicación metafórica,
este significado puede corresponder a la segunda acepción, 'vulva', que
registra la expresión isleña. Pero, sin información etnolingüística adicional,
no existe un margen apropiado para confirmar esa deriva semántica hasta la
representación del instrumento musical. Es todo cuanto permite una aproximación
tentativa.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
18 de junio de 2001].
Los insulismos amazighes referidos a la indumentaria apenas arraigaron en el
español isleño. Sólo dos o tres voces ganaron cierta continuidad. Otro asunto
bien distinto es que algunas de aquellas prendas fueran asimiladas por la moda
colonial o, simplemente, perdurase su empleo en determinados sectores de la
sociedad.
Por los informes etnohistóricos y los restos arqueológicos
disponibles, tenemos noticia tanto de las materias primas, tintes o procesos de
elaboración como de los usos y valores sociales atribuidos a la vestimenta. Las
descripciones más antiguas, como el relato de la expedición italo-portuguesa de
1341, señalaban ya esos detalles. Pero el vocabulario que las fuentes escritas
implican en el vestir no resulta muy prolijo. Su análisis lingüístico acredita,
por ejemplo, la manipulación de cueros o pieles animales. Sin embargo, no
permite confirmar el aprovechamiento de fibras vegetales, muy importante en
islas como Gran Canaria según indican las propias crónicas, extremo corroborado
por los estudios de la Dra. Bertila Galván Santos (1980).
Sin más preámbulos, demos un somero repaso a ese léxico antiguo
que nos ha legado la tradición documental europea.
ahico. Capa o manta larga. Vocablo adscrito
a la isla de Tenerife por Abreu Galindo (ca. 1590), que lo considera sinónimo
de tamarco. Su primario a-hikah, s. m. sing., presenta un
paralelo muy próximo en el substantivo ahäket,
'toldo de cuero de una tienda' (Malí oriental y Níger central).
guapil. m. Sombrero o gorro de piel. Voz
documentada en Lanzarote por Abreu (ca. 1590), aunque el Dr. Marín de Cubas
(1694) la deforma (guapilete,
'falda') y la traslada hasta Gran Canaria y La Gomera. Posee un primario wa-fil, conservado en el dialecto tayrt (Níger central) a través del
nombre verbal afel, pl. ifelan, m. 'lo que cubre (por encima)'.
guayca. Especie de manga. Citado por primera
vez en el Poema de Viana (1604).
Compuesto integrado por el pronombre demostrativo way y el substantivo ika,
vigente aún en hablas del Marruecos central (iki, pl. ikan, s. m. 'manga
de vestido').
huyrma. Especie de media. También mencionado
por el poeta Antonio de Viana (1604) para Tenerife. Desde el punto de vista
gramatical, se configura como un conjunto negativo (nominal), wer-ma, que puede ser traducido de forma
literal como 'sin extremo, lado (o plantilla)'. El habla argelina del Mzab,
aunque en femenino, emplea todavía el substantivo tma, pl. timiwa, 'lado, dirección'.
maho. m. Zapato. Aunque las fuentes
etnohistóricas, Torriani (1590) y Abreu (ca. 1590), se refieren a este vocablo
para explicar la etimología del gentilicio mahorero,
no existe tal relación. Maho (< m-ahu) es un adjetivo formado sobre el
verbo ah, presente en la tahaggart del Sahara argelino con el
significado 'desollar, quitar la piel'. En cambio, mahorero, aplicado a los habitantes de Lanzarote y Fuerteventura,
revela una formulación románica sobre el primario Mahor (< mahar, s. m.
sing.), 'país, región, comarca'.
tahuyan. Faldas cortas de cuero. Término
registrado por Abreu (ca. 1590) en La Gomera. Se trata de un nombre verbal que
hace referencia al proceso de confección de la prenda, como revela el paralelo
continental tahit, pl. taheyen, f. 'abatanado (cuero)' (Malí oriental
y Níger central).
tamarco. m. Vestido hecho con piel de cabra.
Aunque ha caído en desuso, fue tempranamente incorporado al español insular. Su
primario, el adjetivo femenino tamarqqu
(< ta.m-arghu, 'la que abriga'),
se relaciona con el verbo arghu, 'calentar(se)', si bien una de sus múltiples acepciones
actuales alude al hecho de 'estar flamante (vestido)' (Malí oriental y Níger
central).
xercos. Calzado, especie de abarca. Citado
por primera vez en el Poema de Viana
(1604). Su forma primaria, aherkus,
s. m. sing., subsiste exactamente igual en rifeño para designar la 'sandalia de
cuero'.
[Publicado
en el periódico La Gaceta de Canarias,
4 de julio de 2001].
Corría el año 1341 cuando, el primer día del
mes de julio, zarparon desde Lisboa dos naves mercantes y su escolta. La expedición
se dirigía a unas islas remotas «recientemente descubiertas más allá de
Hispania, en el océano». Al mando del toscano Angelino del Tegghia de Corbizzi
y el ligur Niccoloso da Recco, florentinos, genoveses, catalanes y otros
hispanos participaban en la empresa, auspiciada por el rey Alfonso IV de
Portugal (1290-1347). Seguían la estela del viaje emprendido hacia 1336 por
Lanzarotto Malocello. Una vez más, la pujante burguesía de las repúblicas
italianas se amparaba en la vitalidad marítima lusitana, crucial en la apertura
europea del Atlántico, para desarrollar su expansión comercial y financiera.
Hoy conocemos
muchos detalles de la aventura por el relato de un célebre escritor, Giovanni
Boccaccio (1313-1375). Con el título De
canaria et insulis reliquis ultra ispaniam in occeano noviter repertis,
edita la carta que envían a su central italiana unos comerciantes florentinos
establecidos en Sevilla. En esta dinámica ciudad española, sede de una notable
actividad económica internacional, habían recogido los informes oportunos del
propio capitán genovés N. da Recco.
El documento,
una crónica del viaje, contiene noticias muy valiosas acerca de la antigua
población del Archipiélago. No se trata de una reseña minuciosa, pero ofrece
una descripción directa de cuantas personas, costumbres y bienes hallaron en
las Islas. Su declaración resulta especialmente relevante desde el punto de
vista lingüístico, pues incluye la primera y más completa colección de
numerales isleños. Pese a que las dicciones aparecen un tanto romanizadas, el
testimonio que obtienen de cuatro jóvenes capturados en Gran Canaria posee una
importancia capital.
La
información que alude al modo de contar aparece justo al final de la carta.
Advierte que "tienen números como nosotros, antepuestas las unidades a las
decenas", pero sólo menciona los nombres de los dieciséis primeros
cardinales.
Aparte de
algunas peculiaridades gramaticales más o menos complejas, acaso convenga
destacar que la lengua amazighe
también distingue el género en estos nominales. Ahora bien, esta serie,
conocida como lista Recco, se expresa
casi por completo en femenino. Felizmente, otros documentos nos han legado la
relación de números en su forma masculina, por lo que podemos disponer de una
nómina bastante fiable.
Como es
natural, todos los matices de pronunciación de esas voces no quedan
atestiguados, aunque los análisis interdialectales permiten suponer una
realización aproximada. Hecha esta salvedad, veamos ese pequeño surtido de
nombres numéricos, restituidos sobre la morfología que enuncian las fuentes
escritas.
Primera
decena: [1] wên / wait; [2] sîn / snet; [3] amiat / amêlot; [4] akov / akôvet; [5] sumus /
simûset; [6] sev / seééet;
[7] sa / sât; [8] tam / tâmat; [9] aldamoraw; [10] marâw (pl. marawîn).
Segunda
decena: [11] wên-ir-marâg / wait-d-marâw; [12] sîn-ir-marâg / snat-d-marâw;
[13] - / amierat-d-marâw; [14] - / akôvat-d-marâw;
[15] - / simûsat-d-marâw; [16] - / seééat-d-marâw.
Pero
en otros ámbitos lingüísticos también se deslizan nociones matemáticas. Los
nombres personales, por ejemplo, retienen algunas de estas ideas. Es el caso de
Mayantigo (< m-azgan-tigut), jefe
cantonal palmero, cuyo nombre significa literalmente 'como mitad (o pedazo) del
cielo', aunque después de recibir una herida en combate se le llamó Aganeye
(< azgan-ey) o 'medio brazo'.
Esta
colección de artículos fue publicada por el Consejo de Estudios Científicos en
2002 [ISBN 84-932787-2-6].